Cuento

 

para

 

UNA NOCHE DE REECUENTRO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL  PRINCIPE  Y  LA  ROSA

 

(c) 2002

 

          Esta es la historia de un joven príncipe llamado Khaleb, que vino a este hermoso País como un exiliado más, de los que van viniendo aquí a lo largo de la historia.

 

          Cuando Khaleb llegó a nuestro País, llamaba la atención por su hermosa belleza y el porte que tenía, dejando entrever su nobleza y rango. Su sonrisa irradiaba una felicidad y plenitud que embargaba a los lugareños que se encontraban con él por el camino. ¡Sí!, realmente se sentía feliz, por descubrir al fin  un país como el nuestro, con grandes praderas y colinas llenas de hermosas flores de distintos colores que, dulcificaban, alegraban y armonizaban el lugar y el ambiente.

 

          Allá por donde iba, todo estaba repleto de flores. ¡Qué hermosa visión! Para quien sólo había visto un país gris (el suyo), lleno de construcciones, edificios y, caminos de asfalto y cemento…, hasta el aire también era gris. Allí, la gente distaba mucho de ser como los lugareños que se encontró aquí. Luchaban entre si por cualquier motivo, nunca descansaban, ni sentían placer trabajando o haciendo cualquier cosa. Sólo había competencia y lucha contínua.

 

          Cuando Khaleb llegó aquí, sintió que la Vida le brindaba la oportunidad de empezar de nuevo, de cambiar su vida. Veía a los lugareños felices, alegres, tranquilos. Nada de lo que se estaba encontrando le resultaba ingrato.

 

          Se instaló en lo alto de una pequeña colina. Su casa era grande y blanca. Levantó un muro blanco para delimitar su propiedad. Desde la entrada, se podía adivinar que su casa era muy hermosa y grande. Todo indicaba que su nueva vida aquí sería armoniosa y placentera. Sin embargo, no fue así como comenzó…

 

          Al principio, Khaleb salía a pasear todos los días para conocer el pueblo, su vida, sus costumbres… . Era tan divertido conocer lugares nuevos y hacer nuevos amigos, que nada tenía que ver con lo que dejó atrás.  Un día tras otro iba recorriendo el camino principal,  accediendo así a todas las casas. La gente era muy hospitalaria. Cada uno de ellos tenía su casita y, alrededor de la casa, una hermosa alfombra de flores crecía dando color y alegría al lugar. Cada propietario cuidaba de aquellas flores con tanto amor y mimo que, éstas crecían sanas, fuertes y con vivos colores. Era el tesoro más preciado para ellos y, ésto se podía respirar, ver y sentir.

 

          Transcurrido algún tiempo, Khaleb empezó a tener la necesidad de cultivar flores en su jardín, para poder sentir esa plenitud que los demás tenían. Y, así fue pidiendo a unos primero y, a otros después, semillas para sembrar en su jardín y así, cultivar sus propias flores como hacían los demás.

 

 

          Así fue surgiendo una hermosa relación entre Khaleb y algunos de sus vecinos. Khaleb se dedicaba afanosamente al cultivo de flores (primero fueron margaritas, luego fueron girasoles, ….) en busca de esa flor que le llenara de la misma felicidad y plenitud, que veía reflejadas en los  rostros de sus amigos y vecinos. Sin embargo, transcurrían los días y Khaleb no lograba su propósito. Algo dentro de él le conminaba a seguir buscando. Ella existía, pero ¿dónde?, ¿cuál era?…. . Sentía un vago recuerdo que le atormentaba sin llegar a brotar en su memoria.

 

          Decidido a hallarla, cada día se levantaba y salía a recorrer los inmensos campos y bosques que rodeaban al pueblo. Cada día recorría más distancia. Incluso trasnochaba como peregrino en casa de algún lugareño que tenía a bien cobijarle.

 

          Cuantas flores descubría, tantas veces cambiaba el jardín de su casa y, las mismas horas pasaba relacionándose con las gentes que iba conociendo.

 

          Era un joven que prometía, con grandes cualidades (osado, valiente, decidido, emprendedor, …) pero, todas ellas eran eclipsadas por la ausencia de dos grandes amigas: paciencia y comprensión.

 

          Cada vez se volvía más impaciente y su ansiedad acrecentaba en la misma medida. No conseguía lograr lo que tanto anhelaba.

 

-        Pero… ¿Por qué?! (pensaba él).  Aquí tiene que ser fácil. Esta vida no tiene

nada que ver con el mundo que dejé atrás. Allí sólo había competencia, engaños, ilusiones perdidas, anhelos reprimidos… . Sin embargo, aquí… aquí hay paz, hay ilusión, alegría, amistad, lealtad,… ¿Por qué no logro lo que los demás tienen?.

 

Todo esto le sumía en una profunda tristeza que, a veces sofocaba con pequeños enfados que fueron siendo más habituales a medida que transcurrían los días. Y cuanto más se enfadaba, menos comprendía y más se desesperaba. Y, al desesperarse, su tristeza aumentaba.  Se encontraba inmerso en un círculo que él mismo se había creado y, al no ser consciente de ello, no podía salir de él.  Sus amigos lo veían y, a pesar de sus intentos por ayudarle, su peculiar y particular forma de interpretar todo cuanto oía y veía, le impedía acceder al mensaje que le enviaban.  No querían herirle (era su amigo), ya sufría bastante. 

 

Ellos estaban ahí siempre que él los necesitase. El lo sabía, pero la ceguera de su desesperación llegó a aislarle hasta el punto de sentirse solo, condenado…

 

Ese maravilloso y mágico mundo de color se había vuelto gris. Anhelaba tanto compartir todo lo que bullía en su interior y, sin embargo, nadie alcanzaba trocar su corazón en la hermosa flor que tanto añoraba y que no hallaba. Sólo un vago recuerdo del pasado mantenía la cordura suficiente para seguir buscando, sin perderse así, en el abismo del olvido.

 

Así vivió durante algún tiempo, el suficiente para borrar con él el motivo verdadero que le avocó al estado actual en el que se encontraba.  Ya se había acostumbrado a su nueva vida. El dolor no era dolor, era su compañero de camino. Soledad era la dueña de su reino. Por más intentos que hiciese en desterrarla, ella se iba haciendo más fuerte. Era como si el mundo a su alrededor se confabulara para que ello sucediera. Un hechizo maléfico se había apoderado de él y, no era capaz de hallar a la “princesa” que destruyera dicho maleficio y lo rescatara.

 

Y así, en ese ir y venir, vivía nuestro joven príncipe.

 

Cuando podía y se propiciaba, se reunía con los sabios del pueblo, e incluso con aquellos que pasaban por él, si se terciaba. Ellos poseían el secreto de la Esencia de las Flores y cuanto tenía que ver con ellas.  Cada uno de ellos, no sólo le revelaba información, sino que también le aconsejaban desde su sabiduría infinita, con todo el amor y respeto que debían.  Sin embargo, su imaginación era tan grande y creativa (tanto como su confusión), que cuando terminaba de asimilar todo lo que le habían dicho,  su particular interpretación le llevaba por otros derroteros. Realidad y deseo se mezclaban de tal forma, que le resultaba casi imposible distinguir una de otro.

 

Un día, mientras paseaba sin rumbo fijo, descubrió una casa con su huerto repleto de tulipanes. Se quedó admirado. …Nunca había visto tulipanes como aquellos. La dueña de la casa que se llamaba Juliette, le recibió con el amor y el respeto que cada uno debe tenerse, y le enseñó algunos de sus tulipanes con detenimiento. Aquel encuentro no fue como los demás. Cada encuentro con alguien era único y especial pero, aquel encuentro avivó algo en su interior que echaba mucho de menos. Algo se había movido en lo más profundo y, como de un resorte se tratara, el recuerdo trajo a su memoria esa añorada flor que buscaba.

 

Por aquel entonces, llegó una hermosa joven llamada Sherezade. También venía del exilio.  En cuanto llegó, todo el mundo se volcó para que encontrara su sitio y pudiera tener su propio jardín. Al fin y al cabo, la mayor parte de los que allí vivían habían venido de igual manera, y sabían perfectamente lo que se sentía en el corazón. Así pues, Sherezade con gran ilusión y alentada por sus nuevos amigos, se dedicó a crear su propio jardín.

 

Una hermosa mañana en la que Khaleb aprovechó para dar uno de sus paseos sin rumbo, llegó a la casa de Sherezade y, cuando la vio, sintió con fuerza el vuelco de su corazón. Todo su cuerpo reaccionó y una explosión de fuegos artificiales recorrió su Ser. Ella (Sherezade) era la princesa que tanto había añorado y que le libraría de su maleficio.

 

Por fin, vería su sueño hecho realidad. Sherezade tenía la flor que anhelaba tanto y que había buscado durante tanto tiempo. Ella cultivaba Rosas Blancas.  Su felicidad era inmensa. Necesitaba contárselo a sus amigos… al fin, lo había conseguido. Y, así lo hizo.

 

Se sentía el hombre más dichoso del planeta y necesitaba compartir su alegría con los demás. Que el mundo rebosara de felicidad como le ocurría a él.

 

Khaleb iba todos los días a ver a Sherezade y le pedía que le diera alguna de sus rosas para plantarla en su jardín, pues ésa era la flor por la que tanto sufrió.

 

Aunque la ilusión de una nueva vida embargaba a Sherezade, al igual que le había ocurrido a Khaleb y a los demás cuando llegaron, todavía no estaba totalmente asentada. Comenzaba a tener algunas rosas, pero aún no sabía si saldrían a delante ó, por el contrario, se morirían. ¿Cómo iba a darle a otro lo poco que tenía?, si aún ni ella misma estaba segura de lo que tenía y, si podría hacer mucho más con ello. Se sentía amenazada y presionada. Ella no quería ser descortés con ese joven tan amable. Es más, algo de él se había quedado con ella, pero no se sentía lo suficientemente estabilizada para compartir con otra persona algo que ni ella misma estaba segura de tener. Necesitaba tiempo…

 

Pero Khaleb ya no quería esperar más. El deseo le comía las entrañas hasta el punto de no ver lo que realmente estaba ocurriendo.

 

Cegado por el deseo, ya le daba igual tener rosas blancas, que tulipanes o cualquier otra flor. Necesitaba apagar aquella sed que le estaba consumiendo.

 

Juliette, que hasta entonces había estado a su lado dándole de sus tulipanes, su apoyo y cariño como amiga suya que era, al igual que hacía el resto de sus amigos, sintió que debía distanciarse para que él solo se diera cuenta de todo.  Nadie había logrado hacerle comprender y ver el por qué de su penar. Y,  ahora menos lo iban a conseguir. Ni por las buenas y, mucho menos por las malas.

 

Lo mejor era distanciarse para que de una vez se sentara a sopesar lo que realmente tenía. De lo contrario seguiría confundiéndose más, hiriéndose a si mismo y a los demás.  Era mejor una bofetada a tiempo que un lamento perpétuo. …

 

Entonces, Khaleb vio cómo ese maravilloso mundo al que había ido con tanta ilusión, se desmoronaba.  Sus amigos y la gente que se suponía que le quería, le iban dejando a un lado. Le contestaban palabras que le herían…. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué mal había hecho para que quienes más quería, le humillaran y le hicieran sufrir de esa manera?

 

Aturdido, dolido y consternado, se refugió en su casa y allí se quedó, encerrado en su habitación, llorando desconsolado, sin comer, ni dormir, y sin salir afuera.

 

Transcurridos tres días con sus tres noches, alguien llamó a la puerta de su habitación. Sorprendido, Khaleb dejó de llorar y, mirando hacia la puerta,  vio cómo ésta se abría y entraban un niño agarrado de la mano de un anciano.  Ambos, entraron en la estancia con actitud sumisa y una tierna sonrisa en sus caras. Sus rostros reflejaban paz, serenidad y, una mezcla de alegría y pesar.

 

¿Quiénes eran? ¿Cómo habían entrado allí? … ¿Cómo sabían dónde estaba él y qué querían?… (se preguntaba mentalmente Khaleb)

 

Sorprendido, Khaleb se quedó en silencio contemplando a aquel niño y al anciano. Le resultaban familiares, pero él no los conocía, no los había visto nunca en ninguno de sus paseos o viajes.  Curioso por saber quiénes eran y qué hacían allí, aguardó en silencio a que ellos mismos desvelaran el motivo de su intrusión en aquella casa.

 

El niño le preguntó con una gran sonrisa:

 

-        ¿No sabes quiénes somos?…  ¿No te acuerdas de nosotros?

 

Khaleb les miraba atónitos sin saber qué decir. Sólo atinaba a mover la cabeza negando así a la pregunta.

 

Mientras el niño corría por la habitación descorriendo las cortinas y abriendo las ventanas, el anciano se acercó a Khaleb, se sentó a su lado y con toda la ternura que emanaba, le dijo:

 

-        Khaleb, díme hijo mío… ¿realmente no nos recuerdas?

 

El volvió a negar con la cabeza sin pronunciar una sola palabra, ya que su asombro le impedía articular palabra alguna.

 

-        Pues bien, te refrescaremos la memoria.  Díme, ¿recuerdas cuando viniste a este país?

 

Khaleb movió la cabeza afirmando…

 

-   ¿Sabes por qué tuviste tan buen viaje? ¿No recuerdas que detrás de ti siempre había dos seres, uno más alto que el otro?… Ellos te seguían y procuraban que nada malo te ocurriera en el camino, sorteando así los obstáculos y peligros.

 

Díme, ¿sabes quién te arropaba por las noches y, quién por las mañanas venía corriendo a tu habitación, para que el primer rayo de Sol entrara a saludarte y a llenarte de alegría e ilusión, para el nuevo día que comenzaba?

 

Y díme… ¿Cómo crees que era posible que siempre que te ibas a pasear o viajar,  cuando regresabas la casa estaba templadita, cálida, con la comida lista, esperándote, las luces encendidas…?.  Díme, ¿acaso éso se hace solo?.

 

      Khaleb no salía de su asombro. El anciano prosiguió.

 

-     Khaleb, quiero que sepas que siempre hemos estado contigo. No sólo somos tu familia, sino que formamos parte de ti. Cuando tú has reído, hemos reído. Cuando tu has llorado, hemos llorado. Lo hemos compartido todo contigo. Hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance y tu nos permitías, para que tu vida fuera alegre y feliz.  Y, en los momentos menos buenos, hemos trabajado con más ahínco para que tu no tuvieras que ocuparte de nada, mas que de reposar y consolarte. Siempre hemos estado contigo y así seguiremos. Tu solo, desfallecerías. Y, nosotros sin ti tampoco sobreviviríamos. Te queremos y deseamos verte feliz y radiante.

 

Así que, ven…, te vamos a enseñar un pequeño secreto que hemos guardado desde siempre. Creo que ya es el momento que prosigas tu.

 

Khaleb se dejó llevar por ellos a otra de las estancias de la casa. No podía reaccionar, todo aquello era más fuerte que él, y la curiosidad también le empujaba a seguir a aquella pareja tan peculiar.

 

Mientas el niño correteaba delante de ellos, el anciano tomó de la mano a Khaleb y lo condujo a una estancia en la que Khaleb nunca había entrado ya que, al ser la casa tan grande, no necesitaba usar todas las habitaciones para él sólo.  Cuando entraron, el asombro en Khaleb se hizo mayor. No era una estancia cualquiera. Era un pequeño jardín con una hermosa fuente en el centro y, maravillosas y radiantes ROSAS ROJAS que crecían por toda la estancia. Como no había ni techo ni ventanas, el Sol y la Luna mimaban directamente a las rosas, bañándolas con sus mejores esencias.

 

          Cuando Khaleb vio las rosas, las lágrimas brotaron como si de un manantial se tratara. Esa era la flor que tanto había anhelado y buscado. Después de salir y viajar tanto…, allí estaba, en su propia casa y, nunca se había dado cuenta.

 

          La emoción le embargaba y ahogaba sus palabras de dicha por aquel descubrimiento. En aquel instante Khaleb comenzó a recordar y a atar cabos. Ahora comprendía por qué nunca le había faltado de nada en su casa, por qué se despertaba viendo salir el sol, por qué su casa estaba siempre arreglada y cuidada.  Ahora, entendía por qué sentía esa profunda soledad. Cuando vivió en aquel otro mundo y, dado el estilo de vida que allí había, decidió ignorarlos, borrarlos de su mente y de su corazón. Sin embargo, ellos como amigos fieles y leales le habían seguido como si de su sombra se tratara, sin que él se percatase de su presencia. Y ahora, por fin, era consciente de cuánto estuvieron haciendo por él, mientas recorría los caminos y deliraba en sus devaneos mentales. Ellos habían seguido cultivando esa hermosa Rosa Roja que había desterrado de si, hacía tanto tiempo.  Ese era el pequeño gran secreto que ahora se desvelaba.

 

          Ahora podía sentir lo que los demás sentían con sus flores. Ya no sentía la necesidad de seguir buscando. La búsqueda había llegado a su fin.

         

Los tres se fundieron en un abrazo. Estuvieron  un rato abrazados, recreándose en esa hermosa visión que daban las rosas rojas.

 

          Una vez que se sosegaron los tres por tanta alegría en aquel reencuentro, Khaleb le contó al anciano cuanto había vivido, y todo lo acontecido desde que llegara  al país de las Flores.

 

          El anciano con su sabiduría infinita, le dijo:

 

-     Khaleb, mira a tu alrededor y sopesa. ¿Por qué sabes distinguir qué jardín tiene cada uno? ¿Acaso hay vallas o murallas?…  No, nada hay que separe a unos de otros. Sin embargo, lo sabes por las flores que crecen allí, porque cada uno tiene las suyas propias.  Y tu ¿qué hiciste cuando llegaste?… Rodeaste tu casa y tu pedacito de tierra con un muro.  ¿A qué tienes miedo?… Sabes que aquí nadie te va a coger nada que tu no quieras que te cojan. Ya no estás en aquel viejo mundo. No hay nada que esconder, ni nada que mostrar. Tan sólo se TU con nosotros y lo demás se dará por añadidura, al igual que le sucede a los demás.

 

El anciano reposó un poco y después continuó:

 

-     ¿Crees que a los demás no les ha pasado igual que a ti?.  La mayoría también proceden de ese viejo mundo. Por eso precisamente, entendían cómo te sentías cuando llegaste. Y, por eso se abrieron a ti sin reservas, al igual que hicieron con ellos. Sólo el amor, la amistad y la paciencia, conducen a las personas al lugar que les corresponde.

 

No te enfades con ellos, por lo que te hayan podido decir o por distanciarse de ti. No es que sean falsos amigos ó, que no te quieran. Todo lo contrario, es que estabas muy confuso, ofuscado y desorientado.  Al igual que nosotros nos hemos mantenido al margen, esperando que llegara este momento para reecontrarnos, ellos al ver que no encontrabas tu propio equilibrio, que tenías facilidad para interpretar las cosas que te decían y hacían de distinta manera, también abogaron por mantenerse a distancia, para que en la soledad de tu silencio, descubrieras por fin quién eres realmente y cuánto posees.

 

Ahora que ya nos tenemos los tres, la paz y la estabilidad reinan en este hogar.  Juntos velaremos por nuestras rosas rojas. Las plantaremos afuera de la casa y, derribaremos el muro para que todo el mundo que venga y pase por delante, las contemple y se regocije ante ellas, como te ocurrió a ti con las flores de los demás.

 

Y por último, debes tomar consciencia de que, al igual que a ti te ha costado encontrar tu paz y tu estabilidad, a los demás también les ha ocurrido en mayor o menor medida.  Así pues, entiende y comprende las negativas de los demás, especialmente de los que llevan poco tiempo aquí.  ¿Acaso  tu estabas realmente en disposición de compartir ó, de dar?, si ni siquiera te valías tu solo…

 

Hijo mío, comprende, acepta, respeta y perdona. Ya estás preparado para cuidar tus propias flores. Ya eres más consciente y más sabio.  En la serena y constante dedicación diaria que des a las rosas, hallarás la fortaleza, la paciencia, comprensión y mansedumbre, que necesitas para llegar a comprender, aceptar, respetar y perdonar a los demás.  Cuando lo consigas, significará que la Esencia de la Rosa estará dentro de ti, y tu capacidad de amar será tan grande que nada, ni nadie podrá herirte. La paz y la serenidad siempre estarán contigo.

 

Sabrás esperar, si realmente es tu voluntad (no tu deseo), porque al igual que nuestro amor por ti nos llevó a esperarte en el silencio sereno, tu amor hará eso y cuanto quieras, pues el AMOR no tiene límites.

 

Pero recuerda, sólo desde el AMOR, nunca desde la mente. Si alguna vez sientes deseos y tu imaginación se dispara, recréate en ello si te place, pues nada malo hay en ello, pero siempre hazlo sabiendo discernir lo real de la ilusión.

 

Y ahora, hijo mío, vamos a descansar. Mañana nos aguarda un gran día…

 

… ¡Dulces sueños mi joven príncipe!…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Libro de Sabiduría Interior)